3. La puesta en escena

Es importante ganarse desde el primer momento el favor del auditorio. Las reacciones del público, sin ir más lejos, serán tenidas en cuenta por el jurado inevitablemente, entre otras cosas porque el jurado también es público. Por tanto, todo el equipo debe cuidar desde su entrada a la sala su actitud y comportamiento, y no sólo las palabras que emiten los oradores.
La audiencia -el jurado y el público- que presencia un debate no se limita a escuchar, sino que son espectadores que observan todo lo que sucede en la sala. Esto debe ser tenido en cuenta por todos aquellos que se encuentren debatiendo (y no sólo por los oradores que se encuentren en su turno de intervención). Así, existen toda una serie de elementos que, sin formar parte de la argumentación propiamente dicha, llegan a influir en la decisión de aquellos que tienen que determinar el resultado del debate. En cierto modo es una escenificación. Desde el  principio del debate os tocará ser actores.

EL LENGUAJE NO VERBAL.

Los gestos y movimientos transmiten expresividad a los mensajes, aportando información que complementa el significado de las palabras. Es por tanto, una labor importante (y complicada) controlar toda la información que se emite a través de la comunicación no verbal.

Factores clave en la comunicación no verbal:

  • Naturalidad: Aunque los ademanes que acompañan a un discurso deben ensayarse, su ejecución debe ser natural y sin exageraciones.
  • Coherencia con lo que dice el discurso en ese momento.
  • Coherencia con la personalidad del orador.

Algunos de los elementos no verbales que emiten información son:

  • La postura: Erguida, al tiempo que relajada. Si se está de pie es conveniente repartir el peso de forma uniforme entre ambas piernas, ya que es menos cansado y se evita el balanceo entre una pierna y otra que puede distraer a la audiencia. Si existe el espacio suficiente, el orador puede andar por la sala mientras realiza la exposición, lo cual dará sensación de naturalidad y seguridad. Si se está sentado, se debe inclinar ligeramente el cuerpo hacia delante, para indicar interés. Ya sabéis que yo soy partidario de que el orador permanezca en el atril, sin embargo parece que hay otros jueces en estos eventos que valoran el movimiento por la sala.
  • Los gestos. Son manifestaciones de los sentimientos de una persona en un momento determinado. A través de las expresiones de la cara, los brazos, etc., un orador puede comunicar toda la gama de matices que van desde la inseguridad hasta el aplomo, desde la sorpresa hasta la certidumbre de que algo iba a pasar, desde la indiferencia hasta la emoción. Todos los gestos que hagáis han de ser controlados.Existen gestos que tienen un significado aceptado generalmente por la sociedad: mover la cabeza de arriba abajo supone afirmar, guiñar un ojo es un signo de complicidad, etc. Sin embargo, aun a riesgo de estar escribiendo una perogrullada, debe tenerse en cuenta si los receptores pertenecen a la misma cultura que el orador, ya que un determinado gesto puede tener significados muy diferentes, e incluso opuestos.Otro aspecto relevante en cuanto a los gestos es su amplitud y velocidad. Los gestos grandilocuentes resultan demasiado teatrales, de modo que parece que el discurso carece de contenido. En cuanto a los gestos bruscos, aspavientos, etc. suelen darse cuando el orador está nervioso y no controla la situación. Al igual que con las palabras, el ritmo de los gestos debe adecuarse al contenido del discurso y el momento en que se encuentra el debate.
  • Las manos. Un problema bastante frecuente, sobre todo en las primeras intervenciones en público, es que no se sabe qué hacer con las manos. Vuelve a ser importante la naturalidad. No se deben mantener los brazos rígidos pegados al cuerpo, ni gesticular constantemente. Para controlar los movimientos de las manos, se pueden mantener ocupadas sujetando las notas, el micrófono (si la sala dispone de él) o un bolígrafo, aunque hay que tener cuidado: jugar con el bolígrafo o repiquetear sobre la mesa o el atril con él demuestra nerviosismo. Lo mejor que se me ocurre es que apliquéis la regla del rectángulo que os he enseñado y que mováis las manos con naturalidad.
  • La mirada. Se podría considerar el apartado fundamental de la comunicación no verbal, ya que su importancia viene determinada en dos sentidos: por un lado, permite al orador conocer la impresión que sus palabras están causando en la audiencia, y por otro, proporciona información acerca del propio orador.Con respecto al primer punto, es fundamental establecer un contacto visual directo con los receptores, mirando a aquel grupo de la audiencia al que va dirigido el discurso en ese momento determinado (el jurado, el equipo contrario, un sector concreto del público, etc.). Se trata de que cada receptor sienta que el mensaje va dirigido concretamente a él, en lugar de ser un discurso preparado para una masa. Además, a partir de la retroalimentación que supone la reacción del público, el orador podrá ir adaptando los mensajes tanto en tono como en contenido, en función de lo que sea necesario en ese momento.La mirada debe ser utilizada para captar y retener la atención, pero también para ganar confianza. Así, cuando se inicia una exposición es conveniente centrar la mirada en sectores del público que demuestran una actitud interesada, para después posarla alternativamente en otros, intentando abarcar a todos los grupos. La mirada es una herramienta muy valiosa en un debate, utilizadla.

    En cuanto al segundo apartado, la mirada es el signo externo que evidencia el estado interno del orador, debido a que es uno de los elementos más difíciles de controlar. A través de ella, el emisor de los mensajes manifestará su seguridad, determinación, o por el contrario, su incomodidad, timidez, duda, etc. Es por ello importante no tener miedo a mirar al interlocutor a los ojos, lo que demuestra confianza y franqueza. Por otro lado, hay que tener en cuenta la forma de mirar, ya que una mirada fija en una persona durante mucho tiempo puede ser interpretada como un desafío, una amenaza o un signo de mala educación. Recordad también el truco de mirar a la nariz al rival si queréis provocarlo.

    INDUMENTARIA En cualquier tipo de comunicación, la primera impresión sirve para predisponer al público. En el caso de una comparecencia en público, esta primera impresión viene inevitablemente determinada por la presencia. No se trata tanto de las características físicas del orador, sino de su porte y lo adecuado de su indumentaria para la ocasión, lo que en primer término ganará el favor de la audiencia.

    Cada ocasión requiere un tipo de atuendo, y es tan incorrecto equivocarse por defecto como por exceso.

    La atención del jurado y la audiencia no debe distraerse de lo esencial, que es el discurso. Es por tanto fundamental que la indumentaria no llame en exceso la atención, lo cual es especialmente aplicable a los complementos (corbatas o pañuelos de colores llamativos, diademas o pasadores demasiado grandes, muñecos exagerados en la solapa, etc.). Por otro lado, tampoco es conveniente una seriedad excesiva, especialmente si se tiene en cuenta que en el caso que nos ocupa se trata de un debate entre universitarios, generalmente gente joven.

    En este apartado también se debe considerar la higiene personal y la limpieza tanto de la ropa como de los zapatos. Uso moderado de la colonia, pero uso al fin y al cabo.

    EL ESPACIO.

    Se considera distancia pública aquella que está entre los 360-750 cm. Generalmente el orador se encontrará detrás del atril, y la distancia que exista entre éste y la mesa del jurado o el público condicionará, entre otras cosas, su tono de voz.

    Sin embargo, una buena utilización del espacio es una buena herramienta para los oradores, que pueden utilizar la libertad de movimientos (aproximaciones, paseos por la sala, etc.) para llamar la atención, resaltar algo, etc.

    CONTROLAR LOS NERVIOS.

    Es inevitable un cierto grado de nerviosismo antes de cualquier actuación importante, sobre todo si es ante un auditorio nutrido. Esto es algo natural, y por tanto no es negativo, siempre y cuando los nervios no hagan perder el control.

    Es importante que este estado no trascienda al jurado, la audiencia, y mucho menos al equipo contrario. Por ello es conveniente evitar signos evidentes de nerviosismo, tanto en el orador (miradas intranquilas a un lado y otro, movimientos bruscos, balanceos) como en su equipo (atención a las reacciones a los golpes de efecto del equipo contrario).

    Algunas personas sufren de lo que se conoce como “miedo escénico”. Es el temor al fracaso o a hacer el ridículo, principalmente, lo que lo ocasiona que en los momentos previos a una intervención el orador llegue a creerse incapaz de realizarla. Otro de los problemas relacionados con los nervios es la posibilidad de quedarse con la mente en blanco. Hasta el orador más preparado puede sufrir un bloqueo y olvidar por completo su discurso. En estos casos, es conveniente comportarse con naturalidad y reconocerlo abiertamente. En este caso, será tarea del equipo prestar su ayuda para llenar ese vacío.

    No existe mucha diferencia entre hablar frente a una docena de personas y un centenar. Si eres capaz de conservar la calma frente a un auditorio pequeño, como orador serás capaz de realizar tus exposiciones ante un número mayor de personas. Por tanto, los ensayos que puedan realizarse antes del debate frente al resto de los miembros del equipo, la red de colaboradores o un grupo de amigos pueden resultar de gran ayuda para vencer ese miedo a hablar en público.

    Aún queda una dificultad mayor: las cámaras de televisión. Muchas personas acostumbradas a intervenir en público se cohíben frente a una cámara y no son capaces de articular palabra y pensar con claridad. Esto también debe ensayarse.

Y por ahora esto es lo que se me ha ocurrido. Creo que con estas páginas nos ocupamos de lo fundamental. Ahora lo que queda es practicar.

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